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02 CORDILLERA AUSTRAL. VIAJE A LA CAPITAL DEL TREKKIN
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Manaos
texto:Martin Lopez  fotos: Esteban Widnicky
La selva no es silenciosa. Pero los sonidos son otros y son tan nuevos que, antes de aprender a escucharlos, nuestros oídos acostumbrados a la ciudad registran un vacío. Después, poco a poco, adquieren la habilidad de discernir el zumbido que proviene de las alas de un insecto, el chillido de un pájaro amplificado por el río, el croar de un anfibio que apenas asoma sus ojos o el chasquido de ramas que delata el salto de los monos. Quizás un día haya ocurrido lo contrario. Los guacamayos, los monos aulladores y los sapos corpulentos del Amazonas despertaron escuchando cosas nuevas. Primero un ronquido de motores sobre el río, el repique de machetes cada vez más próximo. Algo raro estaba pasando. Y estaba pasando rápido. El horizonte verde fue reemplazado por telones tejidos en tapicerías de Bruselas. Los troncos gigantes de las acacias, por columnas de mármol italiano. El suelo oscuro y húmedo de sotobosque se cubrió de alfombras rojas. Donde antes había poco más que naturaleza virgen surgió una ciudad magnífica, tan rápido como si su crecimiento hubiera dependido de la propia humedad del trópico. Los ecos de la revolución industrial estaban sacudiendo el Amazonas. Y el nuevo objeto del deseo estaba en la seringueira.
     
       
La resina blancuzca y pegajosa de este árbol era bien conocida por los pueblos indígenas, se usaba ya para confeccionar zapatos, impermeabilizar bolsos o fabricar artesanías. La historia cambió por el invierno de 1839 con los experimentos de un comerciante estadounidense. Charles Goodyear descubrió que la combinación con azufre y calor convertía aquella masa pegajosa en goma refinada de larga vida. La industria desarrolló una enorme variedad de productos y, hacia fines del siglo XIX, Dunlop en Inglaterra, Goodrich en Estados Unidos y Michelin en Francia fabricaron las primeras cubiertas para automóviles. Aunque Brasil entró al siglo XX ya bajo la forma de una República, durante varias décadas la pompa imperial se sumó al oropel de la nueva aristocracia de la goma. Es que alrededor del caucho tuvo lugar una explosión comercial como no había ocurrido en la historia del mundo con ningún otro producto. Brasil vendía del 88% del caucho que se consumía en el mundo y casi todo pasaba por Manaos. Esto dio lugar a una transformación vertiginosa que convirtió a la aldea fantasma de Manaos en una de las ciudades más suntuosas del mundo. Un tesoro de la arquitectura donde se levantaron palacios con más habitaciones que las que podían utilizarse. El auge del caucho en Manaos duró de 1870 a 1912, y el ícono de esta belle époque sigue siendo, claro, la famosísima ópera. Por eso el ritual del visitante comienza en la plaza San Sebastián. Ahí encontramos la cúpula del Teatro Amazonas -como se llama originalmente- emergiendo sobre las copas de los árboles. ¿Saben cómo terminó todo? Mientras los barones del caucho seguían viviendo su gran vida, los ingleses llevaban años investigando alternativas para explotarlo fuera del Amazonas. Porque la producción más o menos silvestre que se hacía aquí empezaba a inquietar a las grandes industrias que dependían del caucho, como la industria automotriz que iba haciéndose cada vez más importante. Lo curioso es que la historia acabó con un robo. En 1876 el botánico inglés Henry Wickham logró llevarse ilegalmente 70 mil semillas de seringueira a las Islas Británicas. Y en el Jardín Botánico de Kew, Londres, consiguieron que germinaran unas dos mil. Este fue el principio del fin. Pasaron unos treinta años desde las primeras seringueiras llevadas al sudeste asiático hasta las grandes inversiones en Malasia. Pero antes de la Primera Guerra Mundial,
cuando las plantaciones asiáticas de caucho monopolizadas por los ingleses hicieron que los precios se desmoronaran, Manaos despertó de su sueño. En poco más de diez años volvió a ser una ciudad perdida en el corazón de la selva. Antes de que el sol se pusiera estábamos en el puerto, íbamos en busca de Chico, un barquero recomendado por un viajero amigo, había que eludir el asedio de los barqueros que nos ofrecían excursiones al “encuentro de las aguas” o a los igarapés (ríos angostos) e igapós (selvas inundadas) del parque Janauarí. Reconocimos la piraña tatuada en su antebrazo de la tarjeta que teníamos. Su portugués era oscuro, pero nos entendíamos. Al capitán Santo Cristo le gustaba la compañía. Dijo que estaba volviendo a su casa, a una hora de viaje por el río, antes de que se hiciera de noche. Dijo que nos invitaba a cenar y que después podíamos dormir en las hamacas. ¿Ya probaron el pirarucú?. La fama del pez de agua dulce más grande del mundo, nos hizo abordar sin dudarlo. Habíamos oído que este fósil viviente alcanzaba los dos metros y, como no era una especie en extinción, era uno de los platos típicos del Amazonas. Después, puso ojos pícaros y habló de un pez más temido que las pirañas.   Un pececito insignificante llamado candirú que tenía afinidad por los orificios humanos. Juró que no era un cuento para impresionar a los turistas, que esta alimaña podía meterse en el pene de alguien mientras orinaba en el río y que solo podía retirarlo un cirujano El bote navegaba por el río Negro acompañando el perfil de la ciudad. Estábamos alejándonos del puerto de Manaos. La noche había caído y nuestro nuevo amigo nos contaba que como muchos de sus vecinos con los que hablaba tupí (la lengua nativa más difundida en la cuenca del Amazonas), había hecho safaris nocturnos en busca del caimán negro. Dijo que era preciso tener reflejos rápidos para enlazarlo desde la piragua sin terminar en el río de un coletazo. Ofreció llevarnos otra noche porque ésta ya estaba encendiendo las brasas para asar el piracurú. Cuando probamos la carne tan suave del pescado y el sabroso feijão con farinha del capitán Santo Cristo, agradecimos no estar haciendo equilibrio en una piragua ante los ojos atentos de un caimán. Chico sostuvo que la cacería no era para cualquiera. Había que conocer mucho la selva. Contó que en tiempos de su padre algunos tomaban un alucinógeno antes de emprender un día de caza.
       
   





Eso les permitía estar más atentos a las formas y a los ruidos. Después de cenar nos echamos sobre las redes. Tendidos a unos pasos del muelle, cedimos al murmullo del río. La selva no era silenciosa. Pero los sonidos eran otros y eran tan nuevos que nuestros oídos, acostumbrados a la ciudad, debían aprender a escucharlos. Lecturas en la Web: Sobre historia, economía y política del caucho en Amazonia: http://amazonia.pangea.org/02boscos/caucho.doc. Sobre la curiosa historia del señor Goodyear (inglés): www.goodyear.com/corporate/strange.html Costumbres e historias de Manaos (portugués): www.visitamazonas.com.br/serie_memoria_website Sobre los peces curiosos del Amazonas: Buscar en Goggle piracurú y candirú

  Info Manaos

 
 
 
   
Cuando ir:
Las mejores épocas son de abril a noviembre, ya que es época seca. Asimismo en las épocas de lluvias puede ser muy interesante viajar por el amazonas.
 
       
   
Que comer:
Se empieza con el café da maniana. Exquisiteces bien tempranito. Al mediodía un buena opción es el Acai. Sin duda los peces son la mejor y más variada opción. el pirarucu es el mas típico. Se lo puede comer por 5 reales en los mercados. Casi todas las comidas vienen acompañadas con farinha de mandioca, vale la pena experimentar. Probar los deliciosos postres típicos a base de frutas autóctonas de mi amigo Salomón, su empresa “khaby” tel. 656 5882 comer tapioca. Pao con queso y tucumao.
 
       
   
Como moverse:
Para el rio, hay infinidad de barcos, desde pequeñas balsas a motor, hasta grandes y maravillosos barcos, donde se puede conocer bien a la gente e intercambiar cultura. Dentro de la ciudad una bici, o los pies.
 
       
 
   
Que llevar:
Off para los mosquitos, camperas de lluvia, si se viaja en esa época, sino ropa bien liviana. Protector solar, muchos rollos de fotos si se piensa viajar entre pequeños poblados. Regalitos para los niños de los alrededores. Anteojos de sol. Y ropa larga si se andará por los adentros de la selva.
 
       
   
Que hacer:
Experimentar todos los sabores posibles de alimentos. Ir al cine en portugués. Rentar una bici. Viajar mucho por el río. Hacer ocio en hamacas, mucho. Acercarse a la gente y compartir.
 
       
   
Donde dormir:
Una casa de familia oscila entre los 10 reales y una posada de 10 reales para arriba. En la zona del puerto, los barcos hacen de hogar. Cobran unos 5 reales por dia, para colgar la hamaca.
 
       
 
   
Presupuesto:
Gasolero. 200 pesos por semana. Pero si se quiere viajar mas por el río, el precio será 300 pesos por semana.